
La pobreza que se arrastra en Chile, como en otros países de la regiòn, tiene un alto componente femenino. Este fenómeno no sòlo se refleja en una mayor concentración de la mujeres entre los más pobres, sino en las características que asume esta situación, las dificultades que tienen las mujeres para superarla, y las consecuencias que conlleva para el resto de los miembros del grupo familiar.
En este sentido, cabe indicar que la pobreza no se manifiesta solo en relaciòn a los insuficientes ingresos que percibe el grupo familiar, sino tambien con respecto a la estructura demogràfica, geogràfica y a la distribuciòn socioeconòmica del paìs. Afectando principalmente a aquellas mujeres que son jefas de hogar, mujeres adultas mayores y mujeres rurales e indígenas (Sernam 1994:12)
Es necesario considerar que un tercio de la fuerza de trabajo chilena, está constituida por mujeres, las que contribuyen, desde diversos sectores al crecimiento del país. Sin embargo, esta creciente incorporación de las mujeres más pobres al mercado laboral, no es recompensada en funciòn a los aportes que ellas hacen. Ya que sus remuneraciones son significativamente menores que las de los hombres, los empleos a los que acceden son precarios y sus oportunidades de formación y capacitación son escasas. Tamoco cuenta con el apoyo necesario para el cuidado de sus hijos, lo que les produce una sobrecarga de trabajo y de responsabilidades, ya que su incorporaciòn al mercado laboral no la exime de las responsabilidades domèsticas.
La sobrecarga que experimentan las mujeres trabajadoras conlleva a que muchas de ellas realicen, además, 32.9 horas de labores domésticas, lo que sumado a su jornada laboral da un total de aproximadamente 80 horas a la semana, provocando una serie de efectos en la salud fìsica y mental de las mujeres pobres.
En los últimos 20 años, casi se ha triplicado el número de hogares con jefatura de hogar femenina en el país. Uno de los factores que potencia la pobreza de estos hogares, es que las mujeres jefas de hogar tienen comparativamente menos ingresos medios, menos bienes y menos acceso a empleos productivos que los jefes de hogar. Y como jefas de hogar, las mujeres tambièn deben realizar las labores domèsticas, el cuidado de los hijos, por lo tanto, tienen mayores limitaciones de tiempo para incorporarse al mercado del trabajo, produciendose um circulo vicioso en el que la situaciòn de pobreza y la condiciòn de gènero se potencia negativamente.
Resulta fundamental reconocer la diferencia entre la equidad social y la equidad de género.
Los objetivos de la equidad de género incluyen a todas las mujeres y no sólo a las más pobres, entendiendo que la discriminación no es sólo económica, sino política, social y cultural. En cambio, la equidad social se limita a promover la incorporación de los pobres a los productos del crecimiento económico, premitièndoles un mínimo de calidad de vida y de bienestar. Por lo tanto, la superación de la pobreza, aún cuando es fundamental, no se supera necesariamente la discriminación de género.














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